UN CAFÉ PARA UNA CONFESIÓN

Andariega, fui en busca de un café, recorrí par de galerías de arte, museos, ferias y librerías, con el único propósito de coincidir con tu esencia. Me aparté de los sonidos y olvidé por completo estar entre la gente, hice ofrendas al aire mientras mi gusto aún seguía atestado de café.

Deambulé por las calles, me bastó con tu recuerdo para convertir mi afligido caminar en una fiesta de colores, para improvisar el calor de tu boca con un expreso caliente que al mismo tiempo, entibiaba mis frías manos, pálidas y marchitas por tu ausencia.

En un angosto callejón me topé con un banco de madera amarillo y desgastado, me senté en él, agotada por el escándalo que se había formado en mi garganta entre la manifestación de mi voz, y el grito de independencia de la cafeína unidas por una misma causa, la de tu presencia.

Espirales de silencios te amaron sin esperanza, la ira de mi voz por la incertidumbre que despierta tu espíritu sin rumbo, así te aceptamos mi café, mi alcoba y yo. Entre cafeína nos mirábamos y un lenguaje nuestras miradas se inventaron. Nos volvimos cómplices de tanto soportar nuestra mutua desfachatez.

Olvidábamos el mundo ¡Enamorados! Conscientes de que el placer absoluto del amor se da en relación de querer dormir con una misma persona, aunque las patrañas del deseo nos lleve a probar otras pieles.

Vagando, esta vez sin ti, sin sentido, no como solíamos hacerlo, entre risas, poesía, caricaturas y café.

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