Alejandro

Pasé infinitas lunas creando amores y personajes dentro de mi imaginación, amores incomparables, de esos amores que solo puedo idealizar en los cantos de la divina comedia. Me supuse que con las ideas desatinadas del vino, el jazz, las pinturas de Leonardo da Vinci, el ocaso del Principito, la flotante poesía de Benedetti y el placer de hacerme solo mía era suficiente para mantenerme viva y apasionada como las obras de Shakespeare.

La personificación del amor sin pedir nada a cambio, sin necesitar nada a cambio, tuvo vida dentro de sus ojos, sus ojos negros y profundos, de repente sentí, en ese momento, no solo que respiraba, sino que vivía también. La imaginación se manifiesta un día de Junio a través del verso perfecto de su cuerpo, dejándome desnuda, sin máscaras, sin simulacros; sin poder engañarme.

Volar se hizo más fácil con las alas del amor, las alas de la libertad, las alas que cuidan a esta alma-¡Mi alma!- que no envejece como mi cuerpo. Entonces mi corazón se enamoró del suyo y me convertí en la protagonista de mis historias, ya antes escritas. Él, Alejandro, la mitad de un todo, la conexión entre la juventud y la vejez, pregunta y respuesta también.

Mi poesía se quedó atrapada en nuestros días, escribiéndose poco a poco en medio de cada sueño despierto, de cada caricia sabatina, de cada fiesta entre sábanas y en medio de cada trasnocho que pasábamos planeando las razones de nuestras futuras arrugas.

No podremos alejar a nuestros corazones de lo que sienten cada uno por el otro, el acceso a un mundo donde volar no tiene nada que ver con la piel, es algo que la mente conserva como la sensación de amor más pura.

Él, Alejandro, me hacia reír, y eso era amor.

Lo Que Ven Los ciegos

Un día escuché decir: “El que no sabe pescar, se conforma con las sardinas que le tiren”, al instante sentí el zumbido ausente de los árboles, y pensé en el infinito, que es infatigable,  absoluto e insobornable y atestado por la muchedumbre. Incluí en mi pensamiento a las personas latinas, orientales, americanas, africanas y asiáticas; menos al loco de la esquina, que pertenece a la nada, sin credo y sin órdenes, ¡Libre es este hombre!, que permanece fuera de la sociedad que lo educa y luego lo castiga.

Es difícil sentenciar al conformismo, (asesino de sueños) siendo descendiente de tanta comodidad. Tengo sed, y me cuesta unos centavos ¡Qué pena! ¡Qué gran pena!, todos tan inocentes, alegres formando una cadena de consumidores,  pescadores y cestas de sardinas a la vez; prisioneros viviendo en un bosque hueco con árboles de hojas verde dólar. Aquí no hay cielo,  aquí no hay horizonte, solo hay una escalera donde cuelgan incontables lavadoras de cerebros que ocultan la promesa de nuestra ambición.

La Maleta

Otra vez…

…otra vez hice la maleta, olvidé papel y lápiz.

Hoy, nuevamente hice la maleta

la ropa me gritó la verdad, dejándome desnuda,

no logré irme.

La maleta sobre la cama

los minutos en mi contra

hasta cuando el peso ligero de mis lagrimas

que sufren porque no quiero irme

pero sigo haciendo la maleta.

Hago la maleta

y consigo aquel vestido azul claro de golas

que llevaste al piso

para despojar mi piel

aquella camisa negra con brillantes

que fue testigo

de la primera vez que nuestros labios se tocaron.

Hago la maleta

 la lleno de momentos y recuerdos

recuerdos que quieren y deben quedarse

porque no me estas despidiendo con el olvido

me estas amando y yo haciendo la maleta.

Cuántas veces debo hacer la maleta

golpearme la cara con mis adornos

para saber que el tiempo de gitana se fugó

y no es capaz de venir a conocerte.

Hice la maleta

y la cerré sin esperanza

sin fe

sin ti

la vida se negó a entrar.

Hice la maleta

pero antes de llevarla conmigo

ya te estaba extrañando

la maleta se quedó

los recuerdos sonrieron

y me abrazaron.

…deshice la maleta.

A Primera Vista

De repente, esa curiosa sensación de escribir,

estar segura de que vas a llenar la hoja entera

en menos de lo que dura un sueño.

Horas atrás he divagado en mí,

es como descubrir lo que nunca quise encontrar,

preferí creer que alucinaba,

así pude disfrazar mi verdad con una confortante mentira.

Luego me aseguré de estar a salvo,

lejos de mí.

Al fin y sin espanto, empecé a crear,

un verdadero texto lírico a mitad del poema,

una expresión poética y abarrotada de emociones,

ilimitadas e incalculables, infinitas y perennes,

como la piel: la última en desaparecer.

Entonces vinieron a mí, todos esos “a primera vista”,

principios y finales, engaños y verdades, rutinas y sueños,

amores y odios, decisión y duda, locura y sensatez, culta e ignorante.

Terminé por comprender  que, a primera vista,

es la única manera inconsciente y sin salida 

 para reconocer, examinar y tantear todo ese asunto

de vivir que se me ha hecho a veces tan complicado.

De otra manera, con métodos eruditos y teóricos,

 cultos, sabios y presumiendo ser una filosofa,

pensando en cómo, por qué, cuándo y en qué condiciones,

debo estar, para experimentar las inagotables emociones.

Momentos efímeros, espléndidos e infames;

de esos que son inolvidables o de esos que prefiero

guardar en los recuerdos del loco de la esquina.

He conservado cada una de las huellas que acarrearon

los achaques, las sonrisas, los gestos de cada uno de esos

diferentes rostros que a muchos posteriormente me tocó

ver en llanto; a primera vista.

El PRINCIPITO Y EL ARTE DE VOLAR

      A la edad de diez años, cuando aún no sabia que los mejores momentos iba a pasarlos en compañía de los libros. La profesora de Español y Literatura puso como tarea leer la famosa novela El Principito del escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry. Fue la primera vez que leí sobre el arte de volar; una obra infantil que algunos aprecian como unos cuantos párrafos con metáforas y moralejas para niños.

     Luego de leer la corta obra, claramente sentí gran afinidad con ella, tanto, que intentaba reflexionar sobre los adultos, y súbitamente la ansiedad constante por la libertad de hacer muchas cosas que una niña no podía desapareció, e inconscientemente mis instintos se transformaban, entonces; mi manera de observar el cielo cambio por completo, mis noches nunca más fueron las mismas, y las estrellas empezaron a ser cómplices de las conversaciones entre la nada y yo. Sin darme cuenta, con ese nuevo enfoque me acercaba a personajes ilustres, libres e históricos; de esos que despiertan la envidia del destino, de esos que pasaron toda su vida viviendo solo para ellos.

       A veces suelo preguntarme si el hecho de que Saint – Exupéry se dedicaba a la aviación, todo ese asunto de volar le fue enseñado por las estrellas, y aquellas formas similares con las que pudo haber tenido contacto en los cielos. Pero es ahora cuando logro reflexionar sobre esa niña que solo vivía en armonía con su entorno, queriendo a todos sin importar lo que podía recibir a cambio.

       El Principito me enseñó a observar las ansias de primar sobre otro que esconden las personas, de como viven necesitando complacer a extraños menos a ellos mismos, de la manera egoísta en la que dan amor poniendo reglas y condiciones para adueñarse de vidas ajenas, y con la excusa de estar enamorados pretenden engañar a la inocente libertad, colocándole fecha de vencimiento a esos sentimientos que solo vienen del corazón.

       Años más tarde, hallé el mismo concepto en Leonardo Da Vinci y sus obras, me di cuenta que el secreto era el mismo: Volar. ¡Pobre Leonardo!, nunca lo entendieron. Su mayor obsesión como arquitecto era “El Sueño de Volar”, se preguntaba ¿por qué las aves pueden volar y el humano no? Leonardo trabajó en la construcción de una Alas para humanos. Trato de imaginar qué pensaba en la época del renacimiento, probablemente no pensaba; volaba.

       Si algo he notado a través de la historia, es que las personas más influyentes en el mundo causan polémica, como: Michael Jackson. La primera vez que lo vi en una entrevista de TV,  me pregunté:  ¿por qué actúa y habla como niño, si es un de las celebridades más importantes y adineradas del mundo? Por suerte, durante la entrevista noté que su libro favorito era El Principito y que la influencia de su baile, ese que lo hizo aún más especial, fue basado en la novela que había clavado en mi cabeza la espina de Volar. Michael Jackson hizo música y danza, otros también lo han hecho, con talento, pero no con el Arte de Volar, no con esa simpleza que hace especial las cosas, tornándolas únicas y diferentes. Aún es un personaje inigualable e incomprendido, vivió para él con un espíritu siempre joven, y dedicó gran parte de sus canciones a personas de las que nunca esperó nada, ni siquiera gratitud.

       Escudriñando las letras de Mario Benedetti, descubrí el Arte de volar en materia de amor. Benedetti nos ofrece frescas y hermosas frases como: “Dormir con alguien para no flotar sobre las sábanas no me parece una idea atractiva”, “Amar sin pedir nada a cambio”, “Amar para que siempre seas tú”, “Andarnos desde el primer momento sin simulacros”, “No sé cómo ni con qué pretexto, pero quedarme en vos”, “Amarte en libertad para que nunca me debas nada y podamos despegar cuando queramos”. Todo eso se resume a poder amar sin perder tu vida en el otro, sin ninguna  regla que exija y dañe lo que por espontaneidad estamos hechos para dar.

       Existe una cantidad innumerable de artistas reconocidos que han tocado la sensibilidad natural de las masas, como Gustavo Cerati, que a través de sus líricas compartía el arte de volar e incluía en cada nota la calma que yacerá eternamente en su legado. Se me torna imposible no sucumbir a frases como:”Me verás volar por la ciudad de la furia”, “Su verbo vive en mi carne”, “Donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos”. Con la ayuda de Cerati, terminé  convenciéndome de que nuestra propia voz es el único ruido que nunca debe estar ausente.

      Sentirme incomprendida, a veces diferente, estar sola, vivir sin ponerle reglas de fidelidad al prójimo, no pedir nada a cambio por dar una parte de mi corazón,  es la única forma que conozco  para vivir, y tiene por nombre: “Volar” se es constantemente alegre con la miseria o el lujo, alegre porque mi corazón da amor y es conforme con disfrutarlo.

UN CAFÉ PARA UNA CONFESIÓN

Andariega, fui en busca de un café, recorrí par de galerías de arte, museos, ferias y librerías, con el único propósito de coincidir con tu esencia. Me aparté de los sonidos y olvidé por completo estar entre la gente, hice ofrendas al aire mientras mi gusto aún seguía atestado de café.

Deambulé por las calles, me bastó con tu recuerdo para convertir mi afligido caminar en una fiesta de colores, para improvisar el calor de tu boca con un expreso caliente que al mismo tiempo, entibiaba mis frías manos, pálidas y marchitas por tu ausencia.

En un angosto callejón me topé con un banco de madera amarillo y desgastado, me senté en él, agotada por el escándalo que se había formado en mi garganta entre la manifestación de mi voz, y el grito de independencia de la cafeína unidas por una misma causa, la de tu presencia.

Espirales de silencios te amaron sin esperanza, la ira de mi voz por la incertidumbre que despierta tu espíritu sin rumbo, así te aceptamos mi café, mi alcoba y yo. Entre cafeína nos mirábamos y un lenguaje nuestras miradas se inventaron. Nos volvimos cómplices de tanto soportar nuestra mutua desfachatez.

Olvidábamos el mundo ¡Enamorados! Conscientes de que el placer absoluto del amor se da en relación de querer dormir con una misma persona, aunque las patrañas del deseo nos lleve a probar otras pieles.

Vagando, esta vez sin ti, sin sentido, no como solíamos hacerlo, entre risas, poesía, caricaturas y café.

NOCHE TIBIA

En una noche tibia, suelo pensar poco, busco mi compañía, un Cabernet y un cigarrillo, intencionalmente me poso bajo el firmamento para esperar el alba y observar la inmensidad de la naturaleza, con el único deseo de perderme en medio de su infinito esplendor; en donde el viento inasible usurpa el tacto de mis manos, convirtiéndose en la más fina caricia.

En una noche tibia, medito con el cantar imaginario de un ruiseñor, e idealizo una metamorfosis de mi corazón, quien ya es cliente fijo de un lejano manicomio, donde se siente libre y fuera de tanta cordura fingida, a salvo de corazones con máscaras y corazas, y haciéndome perder el sentido sobre mis horas carentes de rutinas y costumbres.

En una noche tibia, pretendo sobornar a la luna con versos alusivos a mi existencia, y múltiples interrogantes que nacen de la mente perturbadora me aíslan del eterno presente, para dejarme sorda ante mi voz interna, y solo el arte en forma de prosa representa el indulto para salir de mi propio averno.

En una una noche tibia, conspiro en contra de los lamentos, arrepentimientos que acaban con la buena suerte, esa suerte infame, vestida de rojo, dueña de nada y parte de todo, la que me hace susceptible a las esquinas llenas de locura.

En una noche tibia, quiero desaparecer, cierro los ojos para intentarlo, pero solo encuentro  la impostora de sueños que yace en mí, la cual devoraré sin ningún tipo de piedad.

En una noche tibia, simplemente: soy de la vida,soy del momento.