12 Horas

Inadvertida llegué a tan mencionado lugar, un edificio amarillo, viejo y desgarrado, situado en una misteriosa esquina de la calle 77 con cruce hacia la perdición en una ciudad sin nombre, sin identidad y sin credo.

Había imaginado muchas veces aquel momento, infinitas suposiciones de formas y colores, pero nunca supuse que nada podría salvarme del vicio prohibido de sus ruinas aún de pie, ningún cristo 3D, ni las luces de mi mente tan siquiera iban a interpretar lo que sería mi desenfrenada atracción por lo que anídaba dentro de esos horrendos y mugrosos muros amarillos.

Rostros indistintos encontré al cruzar la puerta, mujeres bañadas por el mal deseo de permanecer allí, en la busqueda de regalias de un destino bastante cierto para ellas y desconocido para mis ojos, pero no para mis instintos. Sabía perfectamene que el dolor tiene buenas recompensas.

Allí estaba, escuchando un discuro por la administradora de pecados sobre cómo no acarrear con arrepentimientos, los cuales aún no se me habían presentado. Sobre las 12:00 am de esa noche, entre el filo de un día y el otro conocí las sombras que abrumaban a aquellas mujeres, aquellos petalos marchitos, pero que a mí misteriosamente empezaron a hacerme florecer.